Las estadísticas del sector ya registraban una geografía hostil: postes podridos que ceden sin previo aviso, transformándose en trampas mortales que ya se cobraron vidas; una escasez crónica de elementos de seguridad adecuados y la presión implacable de una productividad medible al milímetro. La orden es siempre la misma: velocidad, perfección y costos reducidos bajo convenios colectivos licuados por la inflación. Sin embargo, en el tablero actual, una nueva variable se suma al riesgo cotidiano: el endeudamiento estructural de las familias trabajadoras.
A escala nacional, la situación configura una emergencia silenciosa. De acuerdo con los registros del Banco Central (BCRA) y centros de estudio especializados, más de 19 millones de argentinos poseen algún tipo de deuda formal, y el universo de personas que cayó en situación de mora tardía supera los 5,8 millones. El impacto de este rojo financiero golpea con dureza a los sectores asalariados: informes sectoriales señalan que más del 92% de los hogares registran algún tipo de pasivo y cerca de un 77% de las familias con estrés financiero se ven obligadas a tomar un crédito nuevo únicamente para pagar deudas anteriores.
Cuando el salario mensual deja de ser un resguardo para convertirse en una cuenta regresiva que se agota a los pocos días, la supervivencia obliga a recurrir al crédito de corto plazo. Financieras de barrio, tarjetas de consumo masivo y adelantos en billeteras virtuales se transforman en parches inevitables. El resultado es una espiral implacable donde cada mes se arrastra un rojo mayor.
Aquí radica la tragedia silenciosa del sector: la sobrecarga mental. La física del tendido exige concentración absoluta. Un segundo de distracción al manipular empalmes de fibra o enfrentarse a tendidos eléctricos precarios puede ser fatal. ¿Cómo se le exige precisión milimétrica a un operario cuyo cerebro, suspendido en el aire, no logra despegarse de las llamadas de los acreedores, de los servicios impagos en su propia casa y de la angustia de no saber cómo alimentar a sus hijos?
El combo es letal. A la precariedad de las herramientas y la desidia empresaria ante el mantenimiento de la infraestructura urbana, se le adosa este desgaste psicológico profundo. El trabajador de las telecomunicaciones no solo carga con el peso de su propio cuerpo y el de los rollos de fibra óptica; ahora carga, también, con el peso invisible de una deuda que lo persigue hasta la cima del poste. En esa cornisa donde se juega la vida todos los días, la soga más peligrosa ya no es la del arnés, sino la del ahogo financiero.
Fuente: uettel.com